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25-04-2019 - OPINIÓN
La derecha busca candidato



Por Enrique Minervino.

Hemos dicho varias veces en esta columna que el verdadero poder en la Argentina con “Cambiemos” en el Gobierno, lo tienen los grupos económicos concentrados y el poder mediático, cuyo principal exponente es el grupo Clarín. Hoy, esta conjunción se hace más visible que nunca a partir de las políticas que el Gobierno viene aplicando en estos tres años y que claramente benefician a estos sectores.
Cuando hablamos de poderes concentrados, nos referimos concretamente a quienes son los ganadores del modelo económico “cambiemita” en desmedro de los sectores productivos, las pymes, las industrias y la inmensa mayoría de los argentinos. Esos ganadores son los agroexportadores, las empresas de energía y los bancos. Cada uno de ellos se beneficia con las sucesivas devaluaciones, las altas tasas de interés, los tarifazos y la inflación, aspectos que, en contrapartida, han provocado una baja ostensible del salario real y de las jubilaciones desde 2016 a la fecha.
Este esquema de ganadores y perdedores es consecuencia de la aplicación de las políticas neoliberales por parte del Gobierno de “Cambiemos”, que es la “pata” política de este sector superpoderoso. No es casualidad que el partido que guía esa alianza, el PRO, tenga como líder a un empresario, como lo son la mayoría de sus principales referentes, ninguno de los cuales proviene de la política. Porque la derecha desprecia tanto la política como las instituciones republicanas y democráticas, y los partidos políticos tradicionales son para ellos un obstáculo. Por ello, desde 1930 comenzaron a utilizar a las Fuerzas Armadas como herramienta necesaria para llegar al poder e imponer sus planes económicos. A partir de entonces asistimos a sucesivas interrupciones de los procesos democráticos, lo cual se extendió hasta 1983. Siempre contaron con el imprescindible acompañamiento de un sector de la prensa, aliada necesaria para volcar a la opinión pública a su favor, a pesar de estar cometiendo una acción ilegal, como lo es la usurpación del poder por la fuerza.
Cuando el sistema democrático se consolidó, la derecha tuvo un repliegue transitorio, pero pudo volver a aplicar sus políticas económicas a partir de 1989, de la mano del menemismo, que traicionó los ideales peronistas. Tras su alianza con los Alsogaray, los Cavallo y los grupos concentrados, Menem dio vía libre al neoliberalismo voraz, que, así, concretaba su segunda experiencia, que, como recordamos, culminó con la crisis más grave que vivió la Argentina en 2001. Muchos de los protagonistas de aquel desastre volvieron hoy al Gobierno de la mano de “Cambiemos”, y están llevando al país nuevamente a una crisis que quizás sea aún peor.
El golpe más duro para esta derecha vino con el kirchnerismo, cuyas políticas de redistribución de la riqueza en favor de los sectores medios y más vulnerables fueron un verdadero estiletazo para sus intereses. Por ello intentaron algunas conspiraciones a través de golpes de mercado y corridas cambiarias que no les alcanzaron para desestabilizar al Gobierno popular (como sí lo hicieron con Alfonsín). Además, quién no recuerda aquella entrevista que el entonces influyente periodista Mariano Grondona le hizo al presidente de la Sociedad Rural Argentina, Hugo Biolcatti, donde ambos lanzaron aquella especulación conspirativa, cuando se refirieron a la posibilidad de que Cristina Kirchner renuncie a la Presidencia en favor del vicepresidente Julio Cobos, en lugar de cumplir los dos años que le restaban de Gobierno.
Hoy, esa misma derecha tiene el poder real y, además, el poder político. Pero tiene el problema que día a día se le derrumba la imagen del Presidente que lograron sentar en el Sillón de Rivadavia en 2015, como consecuencia de los desastres que realiza su Gobierno. Y, por eso, comenzaron a buscar desesperadamente otro candidato. A primera vista aparecen María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta, cuyas imágenes se mantienen por encima de la del Presidente, a pesar del lastre que significa estar en el mismo espacio que Macri.
Además, la derecha ve como un riesgo para su hegemonía, la vuelta de un Gobierno popular, concretamente del peronismo. Por eso buscan desesperadamente cooptarlo y limarlo desde adentro. Y para ello ya tienen algunos alfiles como Pichetto y Urtubey, que claramente conspiran contra la unidad del campo nacional y popular. Pero como ninguno de los dos “mueve el amperímetro” y están muy lejos de cualquier intención de voto, necesitan imponer otro candidato más “limpio”, y que sea aceptado por la gente. Y ese hombre es Lavagna. El economista que aún no definió su candidatura, es la otra carta que la derecha prepara para seguir teniendo el poder político que consiguieron en 2015 y que no quieren largar por nada del mundo. Por ello eligieron a alguien que tenga una buena imagen, aunque por ahora no mida, porque ellos se van a encargar de hacerlo conocer de manera que suba en las encuestas. Por lo pronto ya se lo ve a Lavagna en todos los medios y se lo va a ver aún más. Es sin duda el candidato de la derecha, el nuevo hombre del establishment, que aseguró que va a promover la reforma laboral y a continuar con el ajuste iniciado por “Cambiemos”. Y es el hombre que buscó apoyo en lo peor del sindicalismo corrupto y entreguista, como Luis Barrionuevo.
La derecha ya logró neutralizar al radicalismo, que, con una dirigencia servil y traidora de los principios de Alem e Yrigoyen, les entregó el partido, para brindarle la territorialidad que le faltaba. Con el peronismo quieren hacer lo mismo, pero no pueden porque se chocaron con una resistencia insalvable: el kirchnerismo. El movimiento político surgido en 2003 creó un nuevo sujeto político en la Argentina que entendió que, cuando la derecha se apropia del Gobierno, es para que se beneficien unos pocos y para perjudicar a la gran mayoría del pueblo argentino. Sea cual fuere su candidato (Vidal, Larreta o Lavagna), no debemos permitir que esa derecha que día a día empobrece al pueblo argentino, siga en el Gobierno. Es la lucha que hoy, imprescindiblemente, debe dar el campo popular.
Por Enrique Minervino.







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