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04-07-2019 - OPINIÓN
El discurso de la mentira

Por Enrique Minervino.

Es frecuente escuchar a los candidatos de Cambiemos pronunciar frases que conforman un verdadero relato con el que justifican su permanencia en el Gobierno y en el que basan su campaña electoral. El intendente de Lincoln, Salvador Serenal, es un eterno abonado a ellas. En sus entrevistas periodísticas y en sus discursos repite sin cesar latiguillos tales como: “Nuestro límite es la corrupción”, “Este año, la gente va a votar por los valores, no por el bolsillo”, “Vamos a cambiar el alma” o “La opción en estas elecciones es votar por la República o volver al pasado autoritario”, entre otras. También el intendente se puso contento con la designación de Pichetto porque la candidatura del misógino y xenófobo político de la derecha argentina “cayó muy bien en los mercados”.
Empecemos por esta última frase que también repitió el presidente del Comité de la UCR linqueña, Eduardo Maffía. Justificar la presencia de Pichetto en la fórmula cambiemita por la alegría que produjo en los mercados, es propio de la lógica con que este Gobierno concibe la política. El de Cambiemos es un Gobierno promercado, atado a los vaivenes del capital financiero al cual está sometido. Serenal y Maffía, en vez de repetir como loros el discurso de los grandes medios, deberían ver que el Gobierno del que forman parte nos está llevando a una crisis sin igual, donde la mitad de los chicos son pobres, donde hay faltantes de vacunas contra la poliomielitis y el tétanos, donde los comedores y merenderos populares ya no dan a basto, donde los que duermen en las calles de las ciudades son cada día más, donde la clase media ya no llega a fin de mes (ni hablar de los más humildes) y donde se volvió al trueque en algunos barrios del conurbano como medio de subsistencia, donde la gente cambia ropa por comida. Pero no. Están contentos porque los mercados reaccionaron bien. Cambiemos en esencia pura.
“Nuestro limite es la corrupción”, dice, además, Serenal, sin ponerse colorado, dando a entender que el Gobierno de Cambiemos es el símbolo de la pureza, y que son los paladines de la ética. Pero nunca dice que el presidente Macri asumió con 214 causas, que fue contrabandista de autopartes en los ‘90, que su empresa SIDECO estafó al pueblo de Morón, junto al intendente Rousselot, por la obra de las cloacas, o que la familia presidencial le debe al Estado argentino $70.000 millones del canon que jamás pagó cuando tuvo a su cargo la concesión del Correo Argentino y que, vergonzosamente, quiso condonarse aprovechando su cargo de Presidente. Eso por nombrar solo algunos actos delincuenciales del primer mandatario que forma parte de su espacio político, pero que el jefe comunal parece olvidar. Si su límite es la corrupción, ¿qué hace allí Salvador?
Lo de “cambiar el alma” es algo más complejo y, en cierto modo, lo hemos desarrollado en notas anteriores. Y lo seguiremos haciendo. Y tiene que ver con lo que la derecha, de la mano de Cambiemos, vino a hacer con la sociedad argentina. Cambiemos pretende cambiar de raíz la matriz cultural de la sociedad y modificar sus valores. En realidad, quien habla de eso es Marcos Peña, que dice siempre que Cambiemos vino a “cambiar el alma de la sociedad argentina”, y Serenal lo repite a pie juntillas, como buen alumno que es de este Gobierno. Lo que están diciendo con esto es poner en claro el verdadero pensamiento de la derecha argentina, que es tener a sus pies a un pueblo resignado, que no tenga aspiraciones y que entienda que lo que le tocó en la vida es lo que se merece. Nada mejor para ilustrar esto que la frase de Javier González Fraga, cuando, al inicio de este Gobierno, dijo: “Venimos de 12 años en donde las cosas se hicieron mal. Se alentó el sobreconsumo, se atrasaron las tarifas y el tipo de cambio, donde le hiciste creer a un empleado medio que su sueldo servía para comprar celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior”. Las cosas no se hicieron mal, ni nadie nos hizo creer nada, sino que en los 12 años que tanto le molestan a la derecha, se desarrolló una política contraria a la actual, que concentra la riqueza en pocas manos, para que la clase media y los más humildes no accedan a esas cosas. Porque el sector conservador que Cambiemos representa, pretende que el pobre muera pobre y que el rico siga siendo rico, y que esto no se modifique jamás. Cambiemos vino a proponer eso y que nunca más los pobres puedan tener celulares, plasmas, autos, motos o irse al exterior. Y con ese discurso de González Fraga, lo que pretenden es naturalizar las desigualdades sociales. Si sos pobre, tenés que resignarte a seguir siéndolo. Eso es “cambiar el alma” y está en la esencia del más crudo neoliberalismo.
Y cuando hablan de que ellos son la “República” y que el pasado es sinónimo de autoritarismo, expresan su cinismo más atroz. Desde el minuto uno de su Gobierno, cuando Macri quiso imponer a dos jueces de la Corte Suprema de Justicia por decreto, Cambiemos está vulnerando el Estado de derecho y atacando la República. A esto se le suman otros hechos que van en el mismo sentido, como la persecución a los políticos y dirigentes sociales opositores, la censura a los periodistas críticos, la destitución de jueces que han emitido fallos en contra de decisiones del Gobierno, los permanentes intentos de violación de las leyes y a la Constitución, y la conformación de una asociación ilícita formada por miembros del Poder Judicial, diputadas oficialistas y periodistas. Estos sucesos son la prueba irrefutable de la destrucción del Estado de derecho que este Gobierno viene realizando sistemáticamente.
Cuando personajes como Macri, Marcos Peña o Serenal repiten el discurso que desde las usinas de marketing de Cambiemos les inculcan, no solo están pronunciando simples muletillas de campaña, sino que están inventando un relato (mentiroso) que intenta apoderarse del sentido común y, con ello, manipular la subjetividad y construir la opinión pública. Es decir, te hacen creer que lo que dicen es la verdad absoluta, que ellos son la República, que representan los valores y la ética, y que los demás son todos corruptos, autoritarios, y antirrepublicanos. Nada más falso. Es el Gobierno de Cambiemos el que no respeta la República ni el Estado de derecho. Y la mayor corrupción anida en el Gobierno de Macri, considerado por la cadena CBS de EE.UU como uno de los más corruptos del planeta, junto al de Ucrania y al de Arabia Saudita.
Y, a decir verdad, contradiciendo a medias a Serenal, en mi caso voto con el bolsillo, pero también voto valores. Por eso jamás votaré a la derecha, que no tiene valores y siempre es autoritaria y corrupta. Y, además, hace que el bolsillo esté más vacío que nunca. Por eso, jamás votaré a Cambiemos.







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