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21-07-2016 - COLUMNA
Compartiendo la vida…



Por el Presbítero Gustavo Sosa.

Casa de familia que se convirtió en casa de todos….
Hemos celebrado el pasado sábado 9 de Julio, el Bicentenario de la declaración de la Independencia de nuestro país, y el comienzo de la inserción de nuestra Nación Argentina en el concierto de las naciones soberanas. Congresales de todas las Provincias Unidas del Rio de La Plata, que incluía a la actual Bolivia, se reunieron en Tucumán, para sesionar como un congreso soberano que tenía como propósito establecer una forma de gobierno que incluyera a todas las provincias, y declarara la independencia del Reino de España, que con fuerza, quería recuperar el dominio sobre los últimos territorios que los criollos controlaban. Por eso, me parece bueno rescatar la reflexión que los obispos católicos del país han realizado hace unos meses atrás, sobre esta importante fecha que celebramos. La Casa Histórica era la casa de una familia tucumana que la cedió para que sesionara el congreso, y se convirtiera a partir de ese momento en la casa común de todos los habitantes de este suelo argentino… Una casa común, que es reflejo de la responsabilidad que tenemos todos, gobernantes y ciudadanos, de construir una patria de hermanos, donde los únicos privilegiados sean los más pobres, los que sufren, los niños sin familia y sin techo, los que no tienen trabajo o comida… La casa común que se forjó en Tucumán hace dos siglos, todavía no ha sido terminada; todavía está en deuda con aquellos que no han podido entrar a habitarla… Aún hoy la construcción de esta casa siga siendo dificultosa. Permítanme un recuerdo de infancia: cuando llegaba el 9 de Julio, y la maestra nos hacía dibujar la casa histórica de Tucumán, todo venía bien hasta que llegaba el momento de plasmar en el papel las columnas retorcidas que adornan su entrada principal. Sirva esto de comparación para expresar que aún hoy nos cuesta no solo dibujar, sino construir la casa común que todos los argentinos nos merecemos. Tucumán y el 9 de Julio son para nosotros no solo un recuerdo glorioso, sino un compromiso que a veces se torna complicado, cuando se trata de dibujar las columnas de un país que, en medio de la grieta, lucha por superar las divisiones que lo aquejan. Hacia adelante se abre un horizonte iluminado por el sol de nuestra bandera, que nos invita a refugiarnos, todos juntos, en el calor de sus rayos. Por eso me pregunto: si tenemos un mismo poncho para todos, ¿por qué lo queremos dividir? La casa común de Tucumán es una invitación a tender puentes detrás de los ideales de aquellos hombres que se jugaron “la fama, los bienes y la vida” para conquistar la independencia de nuestra patria. Jesús nos enseña en su Palabra, por medio de la parábola del Buen Samaritano (Evangelio de Lucas cap.10, versículos 25 al 37), que no importa quién es el que está al borde del camino, herido y abandonado, sino que ese es mi hermano, del cual soy responsable y debo hacerme cargo. Eso es tender puentes: no pasar de largo, haciéndonos los distraídos, frente al que nos precisa. Si queremos hacer una patria libre e independiente, tenemos que construirla sobre la base de un amor sincero y fraterno que nos ayude a buscar al otro, como mi hermano. Que ese sea nuestro deseo y compromiso en este bicentenario de la declaración de la Independencia. ¡Dios bendiga a nuestra Patria!







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