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16-09-2016 - COMPARTIENDO LA CALLE
Y si nos animamos a dialogar…?



(2º parte)

Pbro. Lic. Gustavo E. Sosa
General Pinto

La semana pasada compartía con ustedes, estimados lectores, mi impresión sobre las dificultades para dialogar de nuestro mundo y de los hombres que vivimos en él, y les decía que nos parecemos un poco al personaje del libro “El túnel”, de Ernesto Sábato, el cual contempla la realidad sin poder comunicarse.
Como contrapartida de ese modelo me atreví a proponerles algunos ejemplos de la Biblia, mirando al mismo Dios, que desde el origen quizo tener un diálogo con el hombre. La venida de Jesús a la tierra, tomando nuestra misma condición humana, nos muestra más en profundidad este deseo de Dios de entrar en comunicación, más aún, entablar un diálogo de amistad con el hombre, el cual en muchas ocasiones hizo fracasar por su pecado, esta posibilidad de encuentro con el mismo Señor.
El ejemplo citado la semana pasada de la Samaritana que entra en diálogo con Jesús, en el brocal del pozo, nos muestra cómo Jesús habla con todos, y para cada uno tiene una palabra adecuada.
Si siguiéramos el ejemplo del mismo Dios y hubiese más dialogo entre los hombres, habría más paz, sobre todo en los hogares, donde muchas veces los silencios se hacen eternos, y se convierten en indiferencia. Una indiferencia que ignora la presencia del otro: indiferencia de hijos hacia los padres, por considerarlos demasiado anticuados; indiferencia de padres hacia hijos, porque no saben como abordar la situación del “chico” que empieza a pensar distinto de la educación que le dieron. Si marido y mujer, si padres e hijos, en lugar de sus “largos silencios de años”, o de “gritarse” mutuamente, un buen día se dedicaran a dialogar, a poner las cartas sobre la mesa, a “encontrarse”; si se dijeran lo que mutuamente les gusta o lo que les desagrada, se ahorrarían tantos ratos de silencioso sufrimiento y de amargura. Pero la experiencia me dice, que por lo general, se calla, o se vocifera por orgullo, generalmente improvisando un monólogo que le tira en la cara todas las verdades o pareceres que se han guardado por años en el corazón.
El silencio, muchas veces, no proviene de la humildad, sino que es signo de protesta. Marido y mujer unieron sus vidas para conversar y no para mirarse de lejos como los boxeadores desde las esquinas del ring.
Eso sí: no nos faltan monólogos, que están bien para los teatros de Shakespeare o de Calderón de la Barca, para que se luzcan los actores; pero esta forma de “comunicación” no es para la feliz convivencia de los hombres en la sociedad. El que monologa parece creer que el mundo se hizo sólo para él, e ignora al mismo Dios, que eligió el diálogo como camino.
El diálogo, por eso, es un encuentro de ideas y de corazones. La base del diálogo es saber ver en el otro a un hermano en Cristo; el que no puede aceptar que el otro pueda tener la verdad, no sabe dialogar. El que crea que dialogar es batir en retirada a su interlocutor, no entiende qué es el diálogo. El que no sabe encontrar el momento preciso y la adecuada circunstancia para decir las cosas, no sabe dialogar tampoco. Por eso es que el diálogo es un valioso secreto y su clave es muy difícil de conseguir.
Para terminar: cuando el buen ladrón estaba en la cruz vio que ya todo estaba perdido para él. Pero se le ocurrió dialogar en ese momento crucial de su historia. “Jesús –dijo- acuérdate de mí cuando estés en tu reino” (Lc 23,42). La respuesta del Señor no se hizo esperar y este hombre se salvó.
En la actualidad hay tantos “individuos” que viven en medio del mar de palabras de la televisión, del cine, de internet, y que, sin embargo, no saben dialogar. Son almas mudas que tendrían tantas cosas que decir… si comenzaran a dialogar con el que tienen a su lado, tal vez encontrarían, como el buen ladrón, el camino que los salvaría de su soledad y les permitiría aprender a encontrarse con sus hermanos; de allí solo les faltaría un paso muy pequeñito para encontrar a Dios y poder hablar también con El, como lo hicieron las personas sencillas del Evangelio.

Pbro. Lic. Gustavo E. Sosa
General Pinto







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