“Yo la llamo la muerte de Epecuén”: el desgarrador relato del bombero que guardó el final del pueblo en su camisa
A décadas de la tragedia en el sudoeste bonaerense, la persona que lideró la evacuación revela la soledad de haber sabido, antes que nadie, que el pueblo ya no tenía remedio.
En el corazón de Carhué, sobre la calle Lonardi al 944, existe un rincón donde el tiempo se detuvo entre el salitre y los recuerdos. Allí, en su museo particular, Miguel Ángel Sottovía, conocido por todos como “Lito”, custodia las huellas de una herida que el sudoeste bonaerense aún no termina de cerrar, y que la cuenta de Instagram @yradiook decidió reflejar de un modo histórico y emotivo.
Quien fuera el segundo jefe del cuerpo de Bomberos y responsable del plan de evacuación de Villa Epecuén, hoy pone voz a un silencio de décadas con un relato que estremece por su crudeza y su entrega.
“Yo siendo bombero, estuve desde el primer momento que empezó a entrar el agua hasta que terminó”, recuerda Lito, con la mirada fija en las imágenes que hoy son tesoros de una catástrofe.
En noviembre de 1985, el límite entre el servicio y el sacrificio personal se borró para él: “Yo falté de mi casa más de un mes. Venía no más que a bañarme y dormir. Salía temprano, me iba otra vez a seguir con la evacuación de Epecuén”.
La batalla contra lo inevitable
La crónica de aquellos días en el sudoeste de la provincia es la de una lucha desigual contra el avance indomable de la laguna.
Lito señala con precisión los puntos de ‘la derrota’, esos donde el terraplén se convirtió en una trampa de barro y desesperación. “Si querés saber dónde primeramente reventó, fue acá, en esta parte, en esta orilla (explica señalando la fotografía), entró el agua. Fuimos y arreglamos esa parte. Al otro día otra vez se revienta la contención”.
A pesar de los esfuerzos sobrehumanos, la naturaleza terminó por dictar su sentencia sobre la villa turística. “Era imposible. La abertura que se había abierto era tan grande que no podíamos hacer nada”, confiesa con la honestidad de quien lo dio todo.
Fue en ese momento cuando “la jerarquía” del cuerpo de bomberos comprendió que el pueblo estaba perdido. Lito recuerda haber llamado de urgencia a su superior: “Llamo al jefe que venga urgente a ver qué hacemos. Y él vino… ‘Uy’, dice, ‘Esto no, no tiene arreglo acá’”.
A partir de allí, el objetivo cambió: ya no se trataba de salvar edificios, sino de rescatar la vida de los vecinos antes de que el agua los devorara.
“Empezamos a trabajar sobre este otro lado, a evacuar la gente ya directamente ahí… ese reventón era tan grande que salía todo para afuera. No había tutía de hacer algo. Nada. Ahí fue la muerte de Epecuén”.
El secreto bajo el uniforme
Quizás el momento más poético y a la vez más trágico de su testimonio es aquel en el que cuenta como se convirtió en el único portador de la verdad.
Mientras el resto de la comunidad aún albergaba una chispa de esperanza, Lito caminaba con el acta de defunción de Epecuén pegada al cuerpo. “Me llaman de la municipalidad, me atienden los de hidráulica. ¿Qué me dan? Llevo el rollo que me dieron con las cosas, cómo iban a ir desapareciendo, cómo iba subiendo el agua”, relata sobre los planos técnicos que marcaban el destino final.
Para proteger esa información crucial en medio del caos, hizo algo que hoy suena a metáfora de su propia vida: “Eso lo que yo llevo acá, que vos ves que aparece en la camisa (como el bolsillo superior), es el rollo del plano que me lo había metido acá, porque como voy por dentro del barro se me iba a caer y digo: ‘Me voy a embarrar y no voy a saber lo que tengo que hacer’”. Dentro de su uniforme de bombero, Lito cargaba el mapa de un naufragio anunciado.
“Ahí yo sabía que Epecuén desaparecía total”, sentencia con una calma que duele. Mientras el pueblo se hundía, él custodiaba el papel que decía cuándo y cómo ocurriría.
“Esta foto yo la llamo la muerte de Epecuén porque yo ya sabía que no tenía más vida… la gente no, pero yo sí”. Hoy, sus recuerdos en Carhué son el testimonio vivo de un hombre que vio morir a un pueblo y decidió, para siempre, guardar sus restos bajo la piel.
